¿Alguna vez han escuchado o leído algo sobre el umbral del dolor?, es un indicador sobre cuál es la tolerancia a soportarlo, cuando vas caminando y te tropiezas con una piedra, al quemarte al padecer síntomas de enfermedades e infinidad de causas de sufrimiento, no sientes lo mismo que todos, aunque existe un común denominador y se han hecho investigaciones indicando un rango, siempre es distinto para cada quien.

El dolor físico puede ser distinto que el dolor emocional, sin embargo también hay un umbral, es impactante ver gente a la que no le afectan situaciones dolorosas, no estoy juzgando, solo me impresiona porque suelo ser muy emotiva, supongo que influyen varios factores, pero sobre todo las circunstancias a lo largo de su vida; tal vez esa persona haya pasado por tanta desolación que su corazón llega a un entumecimiento, está también el caso de hacerse el fuerte por orgullo o aquellas personas que guardan en un compartimiento del alma todas sus pesadumbres; luego vemos a los que se sienten aliviados pues ese dolor los ha liberado de un mayor pesar, algunos simplemente no saben cómo sentir el dolor y mejor lo ignoran, de alguna manera huyen.

Todas estas formas de coexistir con el malestar son válidas, nada es bueno o malo, solo son consecuencias de las vivencias personales, del desarrollo que se ha tenido o el nivel de evolución, Louise Hay dice, “cada quien hace lo que puede con la consciencia que tiene”. No se puede forzar a las personas a sentir o no sentir algo, lo que sí se puede es guiar su sufrimiento, apoyar como un entrenador, sobre todo si se trata de un equipo, la familia, los amigos, los compañeros, todos en este planeta formamos grupos; recuerdo, en un curso sicoprofiláctico en el que acompañé a mi hermana cuando estaba embarazada, de esos que te asisten durante el embarazo, nos pusieron un ejercicio, nos decían, cierren los ojos les vamos a poner algo en la mano y tienen que durar 10 segundos con él, la luz estaba prendida y no había ruido, nadie duró los 10 segundo sosteniendo un hielo, con los dedos entumidos, quejándonos abrimos los ojos, luego, nos apagaron la luz, nos pusieron música relajada, colocaron el hielo en la otra mano y adivinen qué, pasaron los 10 segundos como si nada, hasta se puede decir que podríamos haber durado más, ¿la diferencia? el ambiente creado, nos recomendaron ponerle a la mamá música durante el parto, que les habláramos bonito, que les diéramos un masaje este no sólo servía para facilitar el parto, sino para hacer sentir más relajada a nuestra compañera de curso.

 Ignorar el dolor, guardarlo, hacerse el fuerte, huir, nada de eso funcionará para nuestra pronta recuperación, quedará solo una amargura guardada y creará enfermedades, vicios, comportamientos irritantes, culpas entre otras cosas que solo le harán daño a nuestro ser. La respuesta es curar el dolor de raíz no el síntoma, buscar ayuda, meditar, golpear una almohada, gritar en el desierto, comunicarnos con la naturaleza, pedir ayuda a los alados, en fin, funciona tanto en el tormento como en el enojo o frustración, lo peor que podemos hacer es culpar, alejarse de esa posibilidad cuanto antes ayudará a encontrar el camino a la libertad, sacarlo fuera, después distraernos para no luchar contra el sentimiento sino fluir con él, realizar un ritual de salida que nos permita seguir con nuestra misión en esta vida, la cual es por sobre todas las cosas, ser feliz…¿qué loco no?

La imagen que les dejo, fue hecha en un momento de dolor y frustración, el dibujarla me ayudo en gran medida a sacarlo y después a superarlo.