Había un charco en el medio del camino, se formó un día lluvioso, el día en que la tierra se movió, fue a causa de las tempestades, siniestros y recorridos, el pequeño charco era el resultado de la transitada calle, aunada con las fuerzas de la naturaleza, una onda cavidad que dio vida a este espacio lleno de agua en medio del uniforme pavimento. Era molesto, pues la gente le sacaba la vuelta, todos los días rumbo al trabajo, el mismo camino, siempre igual, sin problemas, sin nuevas vías que tomar, pero llegó el charquito, llegó con el huracán, eso de mojarse los pies decían, quita la formalidad. 

Este charco comenzó siendo pequeño, pero pronto se convirtió en un gran bache, desesperados los vecinos trataron de taparlo, le ponían arena, cemento, piedras, lo intentaron todo, pero el charco, volvía el agua a estancar; parecía que el agua estancada era un peligro, eso decían los de salubridad, sin embargo, un amanecer brotó un capullo de una flor singular, desde aquella mañana, el charco era una puesta en escena, una vista espectacular.

Nadie sabía de dónde provenía el poder de aquel agujero, sólo veían que el agua volvía a brotar; hubo sequías y heladas pero nada lo podía secar.

Un buen día llegó una tormenta, el charco se desbordó, lleno la calle, inundó los parques y cubrió a la gran ciudad; todos se esforzaron por empezar de nuevo y desde ese día la gente cambió, ya nada volvió a ser igual. 

Dedicado con mucho amor a mi querida hermana Martha Márquez, ser un charquito es difícil porque serlo significa ser alguien especial... ¿Qué loco no?